Relato 2: Lord Erick Perth. Aquel amor

 

Lord Erick Perth: Aquel amor.

 

Los recuerdos, son sentimientos que muchas veces intentamos esconder bajo capas y capas de entereza. Pero la entereza, hay días que se resquebraja y es ahí cuando esos recuerdos que guardaste bajo llave, salen a la superficie, mucho más fuertes y sobre todo en la mayoría de ocasiones, mas desgarradores.

Erick, sentado frente al cadáver de su amor imposible, limpiaba con sumo cuidado la hoja de su espada. Llevaba horas limpiándola, dejando que su mente y hasta su cuerpo vagaran en historias pasadas. Qué bonito hubiera sido, si aquello no hubiera pasado. Pero era un hecho que nada había salido como planearon. Dejó la espada sobre sus rodillas y se inclinó sobre ella para besarla.

Te amaré por siempre dijo Erick acariciándole un mechón de pelo. Algún día los Padres Humanos nos volverán a reunir.

Una lágrima resbaló por el rostro del joven señor. Su corazón estaba tan destrozado, que la sensación de que se fuera a partir en trocitos era palpable.

Se habían conocido en una taberna, donde ella, con su gracia natural. Tenía a todos pendientes de cualquier gesto que hiciera. El pelo de Aryla era castaño, de suaves ondas que le caían sobre la cintura y unos ojos rasgados del color de la arena. Su risa contagiaba al grupo de chicos que jugaban a las cartas. La deseaban, era más que un hecho. Y su personalidad, solo servía para acrecentar ese deseo.

Erick, sentía como su corazón latía de una forma, que casi ni recordaba que existiera. Y fue más su confusión, cuando ella por un breve espacio de tiempo le miró. Sus miradas conectaron al instante y en el rostro de Aryla se dibujó una sonrisa.

Como hipnotizado e impulsado por la mirada de la joven, los pasos firmes de Erick fueron en su dirección.

Disculpa tragó saliva. Nunca se había mostrado nervioso, hasta ese momento. Aryla se giró y le dedicó una sonrisa que lo envolvió en una especie de bienestar, difícilmente explicable.

Lo que sucedió a continuación, fue lo que menos hubiera esperado. Aryla se levantó, era una chica de no más de veinte años, de complexión delgada, pero con unas caderas pronunciadas, que hacían inevitable que el vestido de color aguamarina, se arrapara a su cuerpo haciendo que se viera extremadamente sensual. Se puso frente a él, y levantó la mano derecha en dirección a su rostro. Le acarició la barba de pocos días y unió sus labios a los de él. Era un beso dulce, pero a su vez cargado de deseo. Las manos de Erick fueron directas a la cintura de Aryla y la atrajo hacia él.

Sentía que las miradas se clavaban en ellos. Pero eso no importaba. Separó los labios de los de ella para observar lo bonita que era.

Te amo dijo Erick acariciándole el rostro. Nunca se le hubiera ocurrido decir esas dos palabras, pero por algún extraño motivo así lo sentía. Me gustaría poderte hacer mi mujer.

Aryla le sonrió de nuevo, desarmándolo por completo.

Un golpe fuerte, hizo que se giraran en dirección a la puerta de la taberna. Un grupo de seis hombres, entró con espadas en mano y se hicieron hueco, dejando suficiente espacio para otro miembro. Una persona de estatura media, escondía su cara bajo una capucha de terciopelo negro. Erick, llevó su mano izquierda a la espada. El encapuchado, agarró el arco que reposaba sobre su espalda, llevó de nuevo la mano atrás y del carcaj, sacó una flecha dorada. Todo sucedió en una fracción de segundo. Erick desenvainó la espada. Aryla lo empujó a un lado. Y en lo que dura un suspiro, cayó desplomada contra el suelo, con una flecha clavada en el corazón. Había sido tal la intensidad del impacto, que solo se veían las plumas de la flecha.

El joven señor, se tiró de rodillas al suelo, llorando pasando su brazo bajo la espalda de Aryla. La incorporó con delicadeza. De la comisura de los labios de la chica, se deslizaba un hilo de sangre. Débilmente abrió los ojos. Fue a hablar, pero cuando lo hizo, empezó a toser sangre.

Tranquila mi amor retiró el pelo que se le había puesto en la cara a Aryla. Te llevare al druida, para que te cuerpo.

La joven, negó con la cabeza.

Es…imposi…imp…ble apenas se le entendía, a pesar del esfuerzo que hacía para que salieran las palabras de su boca. Te amo. Los… silencio y convulsión. Padres Hum… tos. Humanos, predestinaron nuestro amor…

Volvió a convulsionar aún más fuerte. Una voz femenina y a la vez muy poderosa, se alzó por sobre Aryla.

Tres cosas le sucederían al señor de Roca Zafiro. Encontraría el amor verdadero y del fruto de ese amor nacería uno de los vástagos profetizados. Y el día en que la Reina Prometida se alce sobre los reinos, todo lo perderá.

¿Qué has hecho? Erick abrió los ojos de par en par. Bajo esa capucha estaba la mujer a la que, para su desgracia, estaba prometido.

Entre sus brazos, Aryla no dejaba de temblar. Tenía los ojos perdidos en algún lugar y el cuerpo, cada vez pesaba más sobre sus brazos.

Matar tu felicidad le respondió con desdén.

Su prometida, giró sobre los tacones de las botas llenas de polvo, y se marchó por donde había venido. Tras ella, los seis guerreros que la custodiaban.

Aryla, dio un último espasmo y el peso de su cuerpo recayó sobre los brazos de Erick. Los ojos de la joven, quedaron clavados en el techo. Y lord Perth, reuniendo todas las fuerzas que pudo, le pasó uno de los brazos debajo de las piernas y tiró de ella hasta acomodarla en sus brazos.

¿Por qué el destino es así? se preguntó, acariciando la frente huesuda. Notando bajo las yemas de sus dedos el frío que solo puede darte un simple hueso.

Esa pregunta se la había hecho a lo largo de esos veinte años que habían pasado. Pero nunca había obtenido una respuesta.

Cada día que pasaba, la seguía yendo a ver a la habitación que había dispuesto para el eterno descanso de Aryla. Cada mañana y cada anochecer, la visitaba, le contaba todo lo que había sucedido en el día, y pasaba el rato acompañándola, para que no se sintiera sola. Ya no quedaba nada de aquella hermosa belleza. Tan solo quedaba como recordatorio de lo que fue, el bonito vestido que llevaba aquel fatídico día.

Nunca había dejado de amarla ni un solo día.  Por ello, él se había convertido en una de las peores personas del reino. A lo lejos, bajo sus pies se escuchaban gritos ahogados provenientes de las mazmorras, donde la tortura era el peor de los castigos y la muerte el mejor de los regalos.

 

Yaiza G. Dane

 

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